Hay un tipo de silencio particular en un estudio cuando alguien acaba de repintar algo en lo que llevaba semanas trabajando. Suele sentirse como una derrota. En mis años de docencia he intentado, con resultados desiguales, convencer a mis alumnos de que ese silencio es en realidad uno de los momentos más productivos de todo el proceso creativo.
Deshacer no es lo contrario de avanzar. Es, muchas veces, la única forma de ver lo que realmente estaba pasando en el cuadro. Cuando tapamos una zona que no funcionaba, no perdemos las horas invertidas: las horas nos han enseñado exactamente por qué no funcionaba, un conocimiento que no existía antes de pintar esa zona la primera vez.
Trabajo mucho con la acuarela y con el óleo en paralelo, y en ambos casos aprendí lo mismo por caminos distintos: la acuarela obliga a aceptar el error porque apenas se puede corregir; el óleo permite corregir tanto que se puede tapar el error indefinidamente sin nunca resolverlo. El verdadero oficio está en algún punto intermedio: saber cuándo una corrección es honesta y cuándo es solo una forma de posponer la pregunta difícil.
Así que si estás mirando ahora mismo algo que acabas de tachar, repintar o borrar: no es el proceso interrumpido. Es el proceso, sencillamente, funcionando como tiene que funcionar.
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