Casi todos mis alumnos llegan con la misma sospecha: el gris es el color de lo que sale mal, el resultado accidental de mezclar demasiados pigmentos sin criterio. Y es verdad que existe ese gris —el gris sucio, el gris de la indecisión—, pero no es el único gris que existe, y confundirlos es uno de los primeros hábitos que intento romper.
Hay grises que vibran: un gris con un poco de sombra tostada al lado de un gris con un poco de azul ultramar puede hacer más trabajo cromático que dos colores saturados enfrentados. El ojo, cuando no tiene un color gritando, empieza a notar matices que de otro modo pasarían inadvertidos. Un cuadro entero puede sostenerse en la tensión entre grises casi imperceptibles.
Enseño a construir el gris desde los complementarios, nunca desde el negro de tubo, precisamente para que conserve esa vibración: un gris hecho de rojo y verde no se comporta igual que un gris hecho de blanco y negro, aunque el valor tonal final sea idéntico. La diferencia está en lo que ese gris insinúa por debajo de su propia neutralidad.
La próxima vez que un alumno me diga que un color «ha quedado muerto», le pregunto de qué está hecho ese gris. Casi siempre, la respuesta ya contiene la solución.
Deja una respuesta