Cuando empecé a dar mentoría pensaba que mi trabajo era transmitir técnica: cómo mezclar un gris que no muera, cómo construir una veladura, cómo resolver una mano en escorzo. Con los años entendí que esa parte, siendo necesaria, es la más pequeña del oficio de acompañar a alguien en su proceso artístico.
Lo que de verdad se comparte en una mentoría es una forma de mirar el propio trabajo sin el ruido del ego ni el ruido del miedo. La mayoría de los bloqueos que veo no son técnicos: son alguien incapaz de mirar su obra con la misma generosidad con la que mira la de un maestro que admira. Mi trabajo, muchas veces, es simplemente sostener esa mirada hasta que el alumno pueda sostenerla solo.
Esto vale igual para quien empieza como para quien ya lleva veinte años pintando y prepara una tesis o un proyecto de investigación plástica. El análisis de una obra de arte contemporáneo exige ahondar en la idea que la sostiene, y eso —lo he visto una y otra vez— asusta más que cualquier problema de dibujo. Es más fácil corregir una proporción que preguntarse qué se está diciendo realmente con esa proporción.
Por eso insisto tanto en las cuatro cosas que sostienen mi manera de acompañar: compartir recursos sin imponerlos, trabajar procesos técnicos concretos, dar la cara en la problemática puntual que a cada uno le toca, y ofrecer contexto —bibliografía, referentes, historia— para que nadie tenga que reinventar sola la rueda de su propio oficio. Ninguna de las cuatro funciona sin las otras tres.
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