Cuando pinto una ciudad en la que no vivo, lo primero que desaparece es la tentación de ser fiel. No conozco lo suficiente esas calles como para corregir la memoria con el dato exacto, así que lo que queda en el papel es, inevitablemente, una interpretación: lo que la ciudad me dejó sentir, no lo que estrictamente contiene.
Con «Nicosia» pasó algo parecido. Es una ciudad partida, y pintarla me obligó a decidir qué hacer con esa fractura: subrayarla o dejarla respirar en un segundo plano. Elegí lo segundo. La acuarela, por su propia naturaleza —esos bordes que nunca se controlan del todo—, ya lleva dentro cierta idea de límite poroso, así que la técnica terminó diciendo lo que yo no quería decir de forma explícita.
Viajar para pintar, cuando puedo hacerlo, no es buscar postales. Es buscar el momento en que una calle cualquiera deja de ser genérica y se vuelve, por una luz concreta o un gesto concreto, un lugar que reconozco aunque nunca haya estado allí. Ese reconocimiento tardío es, casi siempre, lo único que merece la pena llevarse al cuaderno.
A los alumnos que preparan series sobre lugares que no conocen bien les digo lo mismo que me digo a mí: no intentes documentar, intenta recordar algo que todavía no has vivido. Suena contradictorio. Pintando, deja de serlo.
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