Hay un momento, siempre, en el que el cuadro parece terminado y no lo está. Es el momento más peligroso de una pintura al óleo: cuando la superficie brilla lo suficiente como para engañar al ojo impaciente. He aprendido, después de años de equivocarme en ese punto exacto, que ahí es precisamente donde hay que detenerse a mirar en lugar de seguir pintando.
El óleo tiene un ritmo propio que no negocia con el nuestro. Las capas necesitan secar, las veladuras necesitan tiempo para revelar lo que hay debajo, y cualquier atajo se nota siempre, tarde o temprano, en la superficie. Enseño a mis alumnos a llevar un cuaderno de tiempos: cuánto tarda en secar cada mezcla, con qué aceite, en qué estación. Suena burocrático. Es, en realidad, la manera de dejar de pelearte con el material.
La paciencia técnica se acaba convirtiendo en paciencia de otro tipo. Uno empieza controlando tiempos de secado y termina aceptando que una obra —como un alumno, como un proceso de mentoría— no madura al ritmo que uno querría, sino al que necesita. La prisa por terminar es casi siempre la prisa por dejar de mirar el problema real.
Cuando alguien me pregunta cuánto tarda en hacerse un cuadro, la respuesta honesta nunca es una cifra. Es: el tiempo que tarde en dejar de mentirme sobre si está terminado.
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